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La Misoginia en Grecia.

Publicado: 27 de diciembre de 2015 en clásicas, lecturas
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misoginia

Madrid,Mercedes  La misoginia en Grecia, Madrid (Cátedra) 1999. ISBN 8437616956

Un tema que es consustancial a la definición misma del ser humano es la conceptualización de la diferencia de género. Este libro de Mercedes Madrid sigue el rastro de esta diferenciación desde Homero hasta Aristóteles. Y es muy revelador. No voy a resumir su contenido pero sí a pararme en un momento decisivo para la creación del concepto misógino de la mujer.

Resulta intrigante comprobar el gran salto conceptual que se da entre el mundo homérico y el hesiódico. A todos los niveles, el social y por tanto el mitológico. En Hesiodo la misoginia surge entera, de una pieza, como Atenea de la cabeza de Zeus. Ya no queda nada de la reconocida laboriosidad de la mujer, todo el reconocimiento que se le da en los textos homéricos es sustituido por un desprecio global a esa “raza de las mujeres” que es castigo de los hombres y parece no ser por tanto humana.

En mi opinión, este cambio sólo puede entenderse desde los profundos cambios sociales que se dan en la época arcaica, pero sobre todo por la introducción de la moneda: el orden social prehesiódico se basa en los lazos familiares que mantienen unidos a la tribu y que refuerzan su identidad: la mujer es el vínculo, la casa, la paz, el lugar donde quiere volver el guerrero. En Hesíodo la mujer es un lastre que ahoga al hombre y lo condena a una vida de trabajos: el hombre ya no se vincula a la casa, la familia o la tribu, sino al grupo de hombres con los que va a la guerra, con los que vive en la polis, y construye una noción de patria en torno a esta idea.  El trabajo de las mujeres ya no se considera digno de valoración porque no es productivo, no se cotiza, no se vende ni se valora mediante el dinero. El espacio público, donde opera la moneda, es privativo del hombre.

En el teatro griego esta misoginia es revisada, y la mujer va perdiendo esa carácter de maldición divina, al ser protagonista en escena de manera que puede incluso enseñar a los hombres modelos de virtud cívica, aun cuando se restablezca luego el orden patriarcal. Esta evolución llega a la utopía de Platón que limita el papel de la mujer en su sociedad ideal sólo en cuanto a lo que considera debilidad física frente a la fuerza masculina. Por desgracia, Aristóteles da un paso más allá de toda misoginia: ya no se trata de que la mujer sea un mal divino, un ser por el que el hombre se siente atraído y al que a la vez rechaza. Ahora se le niega a la mujer hasta su papel reproductor: no procrea con el hombre, es un mero receptáculo de su semilla. Esta negación total no tiene redención posible.

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